Interesante la desazón y el sabor de derrota que invade el corazón del Amante secreto cuando se entera que la mujer que invade sus sueños desde hace rato, de repente encontró a alguien con quien compartir las cosas especiales de su vida. Cosas boludas como una sonrisa, o un tema de conversación que los mantenga ocupados por más de cinco minutos. Alguien que, obviamente, no es el propio Amante; alguien que sonreirá cuando se de cuenta que ese pasaje de ese libro lo reescribieron pensando en él, alguien que se dará cuenta que el trozo de esa canción fue tomado prestado para contar la historia que puede estar naciendo.
Interesante también es la sensación de desesperación que le sube al Amante por el cuerpo de solo pensar que esa unión tan nueva, tan intensa, tan fuera de todos los parámetros que hay que tomar palabras prestadas para describirla, puede ser definitiva. Y si no definitiva, que dure lo suficiente como para que los sentimientos tan frescos e intensos (pero secretos) que tiene dentro se marchiten o pierdan su sentido.
Y ahi se quedarán todos esos sentimientos, en un rincón del alma amante, metidos en una bola que día a día aumenta su peso hasta matarlo, o quizá hasta hacerse tan grande que simplemente se olvida, como nos olvidamos que estamos todo el tiempo de nuestra vida sobre una pelota de tierra en el medio de la nada. Y esa pelota, a la vez, llena de pobres diablos que viven soñando con ese momento especial que, a veces por cobardía o por no correspondencia a los sentimientos, no llega y no llegará.
Peor aún es cuando El Amante se queda con la sensación de poder haber hecho algo, de haber tenido miles de oportunidades para hacerle saber lo que a uno le pasa por dentro. Ya no importa el rechazo, simplemente está el deseo de saber como hubiera sido ese momento, de saber como sería vivir sin el peso del secreto, a esta altura, estúpidamente guardado. Quizá iluminados por las estrellas en el medio del campo, con los ojos brillosos por el humo dulzón de un porro o de frente al mar, con un viento que cortaba pero que no importaba realmente, porque por primera vez, el Amante secreto sentía ese calor que se siente cuando por fin uno está a solas con ella.
Pero ya pasó. Las chances fueron reales y existieron. Lo que nunca existió fue la determinación de hacerle saber que a pesar de las peleas, los insultos, las idas y venidas, los desencuentros y todas las diferencias que, quizá por precariedad del lenguaje, no son escribibles, durante mucho tiempo se le paró el corazón al verla. Que a pesar de ser rarísimos, de dos especies jodidísimas e incompatibles, de ser de Aries y de Leo, siempre pensó que algo, alguna vez, podría pasar.
"Misterio. Insondable misterio del hombre macho que es zonzo cuando el amor lo domina".
El futuro espera tranquilo y sin mayores novedades. Quizá en el futuro, El Amante tenga su oportunidad una vez más. Pero igual de interesante y angustiante es no saber cuanto va a durar el presente.
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